El efectivo sigue siendo el medio de pago más usado en Perú. Lo confirma EY Perú, lo refleja cualquier caminata por un mercado de abastos en Lima o Arequipa, y lo sabe de memoria todo bodeguero que recibe billetes arrugados desde las seis de la mañana. Pero algo se mueve debajo de esa costumbre. Desde la pandemia, las transferencias por Yape y Plin dejaron de ser cosa de millennials urbanos para instalarse en la rutina de millones de peruanos, incluidos vendedores ambulantes y mototaxistas.
La pregunta ya no es si los pagos digitales van a crecer. Es cuánto espacio le queda al billete físico y qué pierde —o gana— el consumidor común al elegir uno u otro camino.
El efectivo sigue reinando, pero el panorama cambia
El Banco Central de Reserva clasifica los medios de pago distintos al efectivo en tarjetas de débito, crédito, transferencias y débitos directos. Esa clasificación revela algo: todo lo que no sea billetes y monedas todavía se agrupa como «la alternativa». Un sector informal que abarca una porción enorme del PBI mantiene al efectivo como infraestructura básica de intercambio.
Los números post-pandemia, sin embargo, cuentan otra historia. NTT DATA señala que las soluciones de pago digital han facilitado transacciones para millones de peruanos, eliminando en muchos casos la necesidad de cargar billetes. Niubiz ha reportado crecimientos sostenidos en operaciones con tarjeta. Yape superó los 15 millones de usuarios hace tiempo y Plin no se queda atrás. El terreno se mueve, y rápido.
¿Qué ventajas tiene seguir pagando en efectivo?
Descartarlo sería un error. El efectivo no requiere batería, señal de internet ni cuenta bancaria. Funciona en la puna y en la selva, en el puesto de periódicos y en la combi. Para quien administra un presupuesto ajustado, contar billetes ofrece una disciplina tangible que ninguna app replica del todo: cuando se acaba, se acaba.
Hay también un componente de privacidad. Las transacciones en efectivo no dejan rastro digital, y para ciertos sectores eso es una ventaja concreta, no un capricho. En zonas rurales con conectividad intermitente, sigue siendo el único medio viable.
Las desventajas que el efectivo ya no puede ocultar
Cargar efectivo en ciudades peruanas implica un riesgo que todos conocen. La inseguridad convierte cada retiro del cajero en un cálculo de probabilidades. Pero hay otro problema menos visible: los billetes falsos. Investigaciones de la UCV indican que reducir el uso de efectivo disminuye la circulación de dinero falsificado, un problema que golpea desproporcionadamente a comerciantes pequeños y consumidores sin herramientas para detectar falsificaciones.
El efectivo también cierra puertas. Quien solo maneja billetes queda fuera de plataformas de comercio electrónico, no accede a precios exclusivos en línea, no puede pagar servicios de streaming ni comparar ofertas entre vendedores con la misma facilidad que alguien bancarizado.
Pagos digitales: qué ganan los peruanos al dar el salto
La trazabilidad es quizás la ventaja menos glamorosa pero más útil. Cada pago digital deja un registro que sirve para reclamar, llevar cuentas o demostrar que se pagó. La rapidez también pesa: una transferencia interbancaria que antes tomaba un día ahora se resuelve en segundos gracias a la Cámara de Compensación Electrónica.
Donde la diferencia se vuelve más palpable es en las compras de alto valor. Acceder a cuotas sin intereses, comparar precios entre decenas de vendedores, contar con protección al comprador: nada de eso existe cuando se paga en efectivo en una tienda sin boleta.
Cuando el método de pago define la experiencia de compra
Un ejemplo concreto. Un consumidor peruano que quiere conseguir una PS5 en una tienda en línea enfrenta una experiencia radicalmente distinta a la de quien recorre tiendas físicas con efectivo. En línea, puede comparar vendedores, revisar reputaciones, acceder a financiamiento en cuotas y resolver problemas mediante un sistema de garantías. Con efectivo, la compra depende de la disponibilidad local, no hay manera de fraccionar el pago y el riesgo de transportar una suma importante se suma a la ecuación.
Algo parecido ocurre con quienes buscan usar una Switch OLED adquirida por canales digitales. La verificación del vendedor, las políticas de devolución y la trazabilidad del pago ofrecen un respaldo difícil de conseguir en mercados informales, donde el riesgo de recibir productos sin garantía o de procedencia dudosa es alto.
Lo que todavía falla en los pagos digitales
No todo es ventaja. Un corte de luz, una caída del servidor de Yape o una zona sin cobertura 4G dejan al usuario sin capacidad de pago. Las comisiones también pesan: algunos comercios trasladan al cliente el costo del POS, y ciertas transferencias interbancarias mantienen cobros que encarecen operaciones pequeñas.
La brecha de bancarización persiste. Millones de peruanos, sobre todo en áreas rurales y entre adultos mayores, no tienen cuenta bancaria ni smartphone compatible con billeteras digitales. Empujarlos hacia la digitalización sin infraestructura adecuada es excluirlos.
¿Qué viene para los pagos en Perú?
El BCRP ha explorado la posibilidad de emitir una moneda digital de banco central (CBDC). A diferencia de Yape o Plin, que operan sobre cuentas bancarias o de dinero electrónico, una CBDC sería un pasivo directo del banco central: la misma solidez que un billete físico, pero en formato digital. Varios países de la región experimentan con esquemas similares, y Perú observa esos procesos con atención.
Mientras tanto, la competencia entre billeteras digitales empuja la innovación. Transferencias instantáneas, interoperabilidad entre plataformas, pagos con código QR en bodegas. El ecosistema avanza a un ritmo que habría parecido imposible hace cinco años.
Efectivo y digital: ¿tiene sentido elegir solo uno?
Para la mayoría de peruanos, la respuesta práctica es no. El efectivo resuelve situaciones que lo digital todavía no cubre, y los pagos electrónicos ofrecen seguridad y eficiencia que el billete nunca podrá igualar. Un almuerzo en el mercado pide efectivo; una compra de tecnología en línea pide tarjeta o transferencia. El contexto manda.
Lo que sí conviene es dejar de ver la digitalización como amenaza o como moda. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su valor depende de quién la usa, cuándo y para qué.
